—La verdad es que no lo entiendo— exclamó Mario —. Me he pasado la velada escuchando tus reproches y tus quejas, tus enfados y tus pensamientos y justo ahora, justo al final, me confiesas que quien realmente era infiel en la relación eras tú y encima, ¡quieres que te perdone!. Me has puesto en duda a lo largo de todas estas horas. Incluso te has quejado amargamente de mis formas y de mis modos. Pero no seré yo ahora quien me queje, ya que en mi estado actual y como me has venido repitiendo a lo largo de la noche, el sentido de nuestras vidas ha llegado a su conclusión, al menos, a una de ellas, que es la mía.
Tú sabías perfectamente que siempre he sido un hombre de fé y que leer la Biblia siempre ha sido una de mis pasiones, como lo era montar en bicicleta o mi gusto por tratar por los asuntos de la política. Es cierto que no te compré nunca tu deseado 600 pero para mí no era el objetivo a perseguir, mas bien era el tuyo y tu deseo continuo de aparentar un status social. Siempre con las apariencias por encima de nuestras posibilidades.
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