El reloj de arena volvió a girar y un sistema de engranajes se activó. La música clásica barroca volvió a escucharse en aquella enorme sala en penumbras, lúgubre y seca. En un rincón del salón, una chimenea de piedra renegrida y tallada añadía cierto toque de calidez y confort, aunque las brasas permanecían medio apagadas y varias cenizas se esparcían por el suelo en pequeñas nubes grises. El Creador se acercó a la gran mesa de trabajo de mantel de encaje que se situaba al fondo de la sala, en donde encendió varias velas que ahora parpadeaban suavemente en el aire denso y cargado. Sobre la mesa, depositó y prendió un farolito de color cobrizo que desprendía algo de lumbre. Observó el pequeño libro que permanecía abierto por su última página. Lo cogió con cuidado y volvió a abrir el libro por su primera página. Al instante, el Creador reunió todos los materiales que necesitaba para trabajar, muchos de ellos seguían en el suelo negruzco del centro de la sala, aunque algunos parecían inservibles, como si se hubieran quemado o deshecho hacía poco tiempo y ya no eran demasiado favorables para su uso. Tras reunir todos los materiales del suelo que le parecieron oportunos, el Creador se aproximó nuevamente a su mesa de trabajo y movió con fuerza una enorme palanca de asas doradas que se situaba cerca de una compuerta de hierro desgastado de no más de medio metro de longitud. Al poco tiempo, la compuerta de hierro se abrió bruscamente y de ella empezaron a salir toda clase de objetos, botones, remaches, piedras de colores, cremalleras, telas de varios colores, algodones variados y diferentes tipos de hilo y aguja. El Creador respiró con profundidad, tomo para sí un momento, un suspiro, un silencio, una pausa leve y de nuevo, desde lo más profundo de su entre cosido corazón, empezó a leer cada página del libro siguiendo las indicaciones con riguroso cuidado, página por página. Sus manos trabajaban meticulosamente en cada detalle, cada puntada de hilo, cada remate completado a su máxima perfección, cada botón en su lugar propicio. Tijeras, aguja e hilo le habían sido suficientes para concluir su creación, en donde cada detalle había sido depositado en la obra con la mayor prudencia y afecto que su Creador había podido ofrecer. En tan solo una hora, la obra ya estaba casi concluida, la última página del libro había sido leída y el reloj contaba en cada uno de sus granitos de arena, el caduco tiempo del Creador. Tras los últimos ajustes y correcciones, su Creación ya estaba finalmente terminada y su Creador decidió llevarla con prudencia al centro del salón, irguiéndola en pie para poder observarla con atención. De repente, la música dejó de escucharse y se produjo un devastador silencio en toda la habitación. El Creador y su Creación se encontraban ahora el uno frente al otro y paulatinamente empezó a sonar una hermosa melodía que invitaba a iniciar un ceremonioso y animado baile. La Creación abrió los ojos y las miradas de los dos se fusionaron la una con la otra, como si llevaran unidas sus almas desde hacía mucho tiempo. Sus manos se entre lazaron y sus pies empezaron a moverse perfectamente sincronizados al ritmo de la música que les envolvía. En el suelo, de madera oscura y antigua, se percibía un desmesurado desgaste, lleno de arañazos y marcas que contaban historias de bailes pasados. Las miradas de los dos amantes eran intensas y penetrantes y se respiraba un hermoso ambiente de ternura y cariñó. Se escuchó una breve alarma silbante en el angosto salón y la música dejó de escucharse, poco tiempo quedaba para ellos. Los dos quedaron inertes en mitad de la estancia. Sus manos se agarraron con fuerza, sus miradas se unieron en un penetrante sentimiento de amor y sin pronunciar ningún sonido se abrazaron con eterna pasión. Del reloj cayó finalmente el último grano de arena y una extraña brisa fue recorriendo y apagando las llamas del farolito y las escasas velas que iluminaban el lugar. Sin apenas darse cuenta, el cuerpo del Creador se fue marchitando, descosiéndose de sus hiladas, consumiéndose hasta que todo quedo reducido a nada. Su ser ahora era un montón de restos de partes de telas, cremalleras y remaches, botones y piedras, que se deshacían y quemaban en la mitad de la sala. El reloj de arena volvió a girar y un sistema de engranajes se activó...
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