El anciano maestro budista Tathagata, daba su discurso a sus discípulos todos los días a las cinco de la tarde. Tathagata reunía a todos en la pequeña plaza, junto al templo.
Curiosamente, cada vez que el maestro comenzaba su discurso, un simpático joven gato negro se paseaba por uno de los tejados del templo, acto que molestaba profundamente al maestro ya que según su criterio, aumentaba la perdida de atención en alguno de sus discípulos y a la vez la suya propia.
Pasaron varios días y los sucesos siempre se repetían de la misma forma. En cuanto el maestro empezaba su discurso, el aventurero gato negro hacia acto de presencia por uno de los tejados del templo, con la consecuente perdida de atención de varios de sus discípulos.
Cansando ya de la situación, el maestro tuvo una idea. Llamó a su ayudante Ananda y le pidió que cinco minutos antes de que él empezara con su discurso diario, buscara al inquieto gato negro y lo atase con cuidado en algún poste de la pequeña plaza y que después, finalizado el discurso, hiciera el favor de volverlo a soltar. Le pidió a Ananda que no le pidiese explicaciones del motivo por el cual se ataba al gato ni que tampoco él diera explicaciones a nadie del porque se hacia este procedimiento. Lo importante era que no pasara ni un solo día en el que el tierno gato negro fuese atado mientras él daba su discurso.
Al día siguiente y como el maestro había pedido, cinco minutos antes de las cinco de la tarde, Ananda busco al gato negro y lo dejo atado con mucho cuidado con una cinta de terciopelo rojo alrededor de su cuello, sujeto a un poste de madera aledaño al atril donde el maestro pronunciaba su discurso diario.
El maestro Tathagata comprobó en los siguientes días que durante su discurso diario, sus discípulos ya no se despistaban por culpa del gato negro y él además no perdía la concentración, consiguiendo que su discurso se hiciera fluido y en sosiego.
Pasó un año y el habitual procedimiento del gato se hacia día tras día, siempre sujeto al poste de madera con un lazo de terciopelo rojo alrededor de su cuello, atado pero sin hacerle daño, sin presionarle el lazo demasiado para que no se ahogara y a su vez, el gato negro pudiera tener cierta libertad de movimiento.
Transcurridos los años, el maestro Tathagata falleció, por lo que fue sustituido por uno de sus mejores discípulos que había sido nombrado como maestro.
Aquel mismo día y como siempre se había procedido, a las cinco de la tarde dio comienzo el discurso diario con el nuevo maestro Prajna. El fiel ayudante Ananda cumplió con lo convenido con su antiguo maestro Tathagata, busco al gato negro y lo ató al poste de madera situado al lado del atril. Se desconoce si Ananda ató al gato negro por el respeto que siempre le tuvo a su maestro o si en realidad fue por cumplir con su propia honorable palabra y mantener el acuerdo que años atrás le había pedido su viejo maestro. Sea como fuere, Ananda prefirió seguir atando al gato negro en el mismo poste de madera de siempre, con un lazo de terciopelo rojo alrededor de su cuello. Y así, siguieron pasando los días.
Un año después, tristemente, el fiel ayudante Ananda falleció. Había sido un buen hombre, siempre fiel a sus principios y en este caso a la petición de su antiguo maestro Tathagata, Nunca reveló la petición que este le había solicitado y por la cual siempre había atado al gato negro. Llego la hora del discurso y cinco minutos antes, el nuevo ayudante del maestro Prajna buscó al viejo gato negro y lo sujetó en el mismo poste de madera de siempre con un lazo de terciopelo rojo alrededor de su cuello y así, siguieron pasando los días.
Finalmente, una temprana mañana de primavera, el longevo y ya cansado gato negro murió. El nuevo ayudante informó de inmediato a su maestro y los dos desesperados, pensaron un una rápida solución. El ayudante empezó a buscar a otro gato negro por el templo, la pequeña plaza y sus alrededores, pero era incapaz de localizar a ningún otro gato negro para poderle atar al mismo poste de madera de siempre con un lazo de terciopelo rojo. El maestro Prajna también buscaba un gato negro por el templo e incluso mandó buscar gatos negros similares por la ciudad, porque mientras no hubiese un gato negro atado con un lazo de terciopelo rojo alrededor del cuello junto al mismo poste de madera situado junto al atril, no se podría iniciar a las cinco de la tarde, el discurso diario.
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