—Afirmas que nunca has errado en tus profecías, ¿es cierto? —preguntó el Rey Ambrasian. —Cierto es majestad —respondió el profeta. —En ese caso, hazme una predicción. Por ejemplo, ¿Cuándo moriré yo?. —Morirá dentro de once años, dos meses y nueve días. —¿Acaso me estás amenazando? —preguntó el Rey Ambrasian con tono airado—, con un solo chasquido de mis dedos te llegaría la muerte al instante por la espada de cualquiera de mis leales guardias. —No es mi intención majestad provocarle ningún tipo de temor. Solamente me limito a responder lo que su majestad desea saber y como ya os informé, soy el mejor profeta del reino. —Demasiada confianza tienes en tus predicciones que pudieran estar equivocadas. Tu muerte pende ahora mismo de un hilo muy fino —dijo el Rey Ambrasian menospreciando al profeta con la mirada. —Vosotros requeristeis mi presencia y aquí estoy. Preguntadme lo que deseéis saber y yo os responderé, aunque os advierto que solo daré respuesta a una última pregunta mas. —Si tan buen profeta afirmas ser, bien sabrás cual es esa última pregunta que deseo hacerte —dijo el Rey Ambrasian. —Así es su majestad, la conozco. Pero es necesario que la pregunta se formule de sus propios labios para que cobre sentido la respuesta —dijo el profeta. —Dime engreído profeta, ya que afirmáis que moriré, ¿Cómo sucederá mi muerte? —preguntó el Rey Ambrasian. —Seréis envenenado a manos de vuestro propio hijo —afirmó el profeta. —Insolente, primero me amenazáis y ahora ¿acusáis a mi propio hijo de ser un asesino? —preguntó el Rey Ambrasian alterado. —Tan solo respondo a vuestras preguntas, ni amenazo ni acuso, solo narro lo que está escrito. —¡Guardias, dad muerte a este embustero insensato! —gritó el Rey Ambrasian enfurecido. Los guardias desenvainaron sus espadas para dar muerte al profeta, pero en el mismo instante que los guardias se abalanzaban hacía él, una espesa bruma polvorienta de colores morados y anaranjados destellantes enturbió la sala del Rey. Tras unos instantes, todo volvió a la normalidad, pero el profeta había desaparecido. Aun quedaban muchos años para poder evitar la profecía que se le había confesado al Rey, que ahora vivía entre la angustia y el miedo al saber que aquel profeta, jamás había errado en ninguna de sus profecías.
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