domingo, 19 de marzo de 2023

45. Invocación en las tinieblas

Los acólitos ya estaban preparados con sus atuendos ceremoniales. Una larga túnica negra y una cinta púrpura alrededor de su cintura, marcaban el rango de mayor poder de los acólitos frente a la de otros cuya cinta era de color ámbar. Dispuestos en filas, algunos de ellos permanecían agachados o de rodillas, rezando y repitiendo los cánticos de invocación, inclinados y sumisos, deseosos que la ceremonia final diera comienzo en el aula magna. El ambiente en el lugar era opresivo y gélido, como si el frío se hubiera instalado en cada rincón y recoveco del aula. La luz era mortecina, proveniente de alguna luminaria difícil de ubicar que apenas mostraba los muros de piedra que parecían cerrarse sobre los presentes. Cada recodo desprendía una atmósfera cargada de aromas húmedos y mojados. La sensación de inquietud era palpable y todos los allí presentes intuían que algo trascendental estaba a punto de suceder.

Guillermo estaba preparado. Llevaba años, desde su infancia, entrenando para este momento tan decisivo, aunque en su interior residía cierto miedo y nerviosismo por la responsabilidad que se le había otorgado. Repasaba en su mente una y otra vez la invocación que debía decir, cuyo origen se remontaba a la noche de los tiempos. Según relataba la historia antigua, debía ser un joven de pura sangre quien pronunciara las palabras exactas de invocación en el orden correcto. Se desconocía si estas habían sido pronunciadas alguna vez y su significado aun permanecía oculto a pesar de los numerosos estudios que se habían realizado para alcanzar a conocer su verdadero significado, pero la creencia era que si se pronunciaban correctamente, invocaría a una poderosa entidad no perteneciente a este mundo. Guillermo, en un estado profundo de concentración, repetía las palabras en su mente sin cesar, procurando no olvidar tan cruciales sagradas palabras. Los cánticos cesaron y un tremendo silencio se hizo en el aula. Guillermo subió por las escalinatas de piedra que conducían al dolmen sagrado marcado con inscripciones rúnicas y que ahora, parecían brillar en el oscuro silencio que rodeaba a todos los allí presentes. El Gran Maestre Gort, con semblante serio y mirada turbia, encapuchado y con una enorme vara de oro y platino en su mano, le esperaba junto al dolmen sagrado para realizar el rito final. Era el momento. A una señal del Maestre Gort, Guillermo colocó su mano derecha levemente sobre el dolmen y con su mano izquierda, rozando su pecho, se dispuso a pronunciar las palabras sagradas. De pronto, Guillermo titubeó. Su nerviosismo lo había traicionado y había olvidado completamente la secuencia correcta con las que debía pronunciar las palabras sagradas y de las cuales tan solo había sido capaz de articular una serie de sonidos rimbombantes carentes de sentido.. El Maestre Gort lo miró con ira y desesperación. No podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. Con furia, se abalanzó contra Guillermo para intentar golpearle como castigo. Pero ya era tarde. Las palabras sagradas habían sido mal pronunciadas. Un fuerte sonido explotó en el aula magna y ante todos surgió un gigantesco remolino dimensional, como si se abriera una puerta de otros mundos. Del remolino empezaron a surgir toda clase de criaturas deformes e indescriptibles, algunas sin cabeza, otras sin brazos o multitud de ellos, otras volaban de forma errática, otras serpenteaban por el suelo. Todas ellas emitían sonidos chirriantes y crepitantes y despedazaban ferozmente a los acólitos que encontraban a su paso, quienes eran descuartizados y devorados mientras chillaban y sollozaban despavoridos, intentando salvar sus miserables vidas. Los gritos de los acólitos se mezclaban con los siniestros rugidos de las criaturas, que parecían disfrutar de su inmensa masacre. La gran sala se convirtió en un festín de sangre y carne deshuesada, paredes de color rojo fresco, suelos enturbiados en multitud de partes humanas sin forma. El Maestre Gort y Guillermo observaban temerosos desde lo alto de la escalinata el horror que se desarrollaba ante sus ojos. Intentaban mantenerse firmes, en alerta, solo observando. Gort alzó su vara y con un rápido movimiento la incrustó dentro de un hueco existente en el dolmen. Las criaturas empezaron a acercarse por las escalinatas a su posición, pero parecían incapaces de llegar hasta ellos. Guillermo se percató que de alguna manera, aquella vara había activado una especie de barrera invisible que separaba y protegía a los dos de los abominables seres. Ahora, un cúmulo de sedientas criaturas deformes intentaban penetrar sin piedad dentro del escudo misterioso que se había creado resguardando a los dos pobres mortales que quedaban con vida. La barrera parecía no resistir mas a los poderosos ataques provenientes de las criaturas, que no cesaban en su empeño de golpear y asestar con recias acometidas el muro que protegía a los dos únicos supervivientes de la sala. Gort aferró enérgicamente con sus manos la vara incrustada en el dolmen y con un espeluznante grito gutural pronunció unas extrañas palabras a modo de conjuro. En ese instante, de la propia vara emergió un intenso destello azulado que envolvió a Gort por completo y casi de forma imperceptible, ante la presencia de Guillermo, la figura de Gort y su vara se desvanecieron por completo del aula. Guillermo estaba solo frente a las criaturas, enclaustrado y pegado junto al imponente dolmen de piedra, sin protección alguna. No había escapatoria posible. Guillermo, al filo de la muerte, sintió inesperadamente una extraña calma en su interior. Escuchó una voz, suave y hermosa que se hizo eco en su mente, susurrándole las palabras en la forma y orden que debían ser pronunciadas. "Klaatu barada nikto, klaatu barada nikto", repetía la voz una y otra vez. Guillermo, inspirado por la voz, se llenó de energía y valentía y con una voz firme y segura, pronunció las salvadoras palabras sagradas. Al instante, todo cambió. Las criaturas deformes se detuvieron en seco, como si hubieran sido zarandeadas por una fuerza invisible y de igual forma que habían llegado, comenzaron unas a desaparecer, como si nunca hubieran estado allí, mientras otras tantas volvían a ser absorbidas por el remolino que las había conducido hasta el aula. Guillermo se desplomó en el suelo, exhausto y temblando, medio aturdido. —Levanta Guillermo —se escuchó una voz en la sala. —¿Quién eres? —preguntó Guillermo. —¿Acaso no lo sabes? —contestó la voz—, acabo de convivir en tu propia mente. —Entonces, ¿eres real? —preguntó Guillermo. —Tan real como el latido temeroso de tu joven corazón y ahora debes acompañarme. —Pero las palabras han sido pronunciadas correctamente —Fueron pronunciadas, pero siento decirte que no lo hiciste de la forma adecuada. Ahora debes pagar un alto precio por ello —¿Te parece poco precio que todos hayan sido masacrados? —No fui yo quien erró en sus palabras, ahora un precio debes pagar

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