Ya era tiempo de volver a caminar. Su rodilla derecha había necesitado de unos días de descanso ya que tras una semana de caminata, sus piernas aun no se adaptaban adecuadamente a los diversos terrenos por los que se estaba enfrentando. Era la primera vez que se aventuraba a realizar el Camino de Santiago.
Acababa de llegar al puesto de información del peregrino, en Villaviciosa, tras una jornada de cinco horas caminando desde que salió del pueblo de La Isla. Quedaban cuatro o cinco peregrinos delante suya y empezó a escuchar un alboroto. Al parecer, había que decidir si seguir caminando el resto de la etapa continuando por el Camino del Norte o hacer noche en la ciudad y comenzar al día siguiente por el Camino Primitivo, en dirección a Oviedo.
Era una decisión que había que tomar con brevedad, ya que si se decidía seguir por el Norte, había que comer y seguir caminando unas horas mas. En cambio, si se escogía el Camino Primitivo, la mejor opción era descansar de la etapa del día, buscar alojamiento y planificar la nueva ruta con calma.
El peregrino no sabía que hacer, pero la posibilidad de cambiar la ruta le parecía interesante. Su rodilla ya llevaba cinco horas caminando y no le parecía mala idea descansar hasta el día siguiente. Ahora necesitaba comer y buscar un lugar donde poder pasar la noche.
Algunos de los peregrinos que se había encontrado en el puesto de información le invitaron amablemente a comer juntos en algún bar o restaurante de la ciudad, por lo que el peregrino aceptó gustosamente la invitación. De esta forma podría escuchar los pareceres de cada uno de ellos, tanto de los que habían decidido seguir el Camino del Norte como aquellos que seguían con dudas o habían pensado cambiar de ruta para enfrentarse al que se consideraba uno de los caminos mas bonitos del Camino de Santiago.
Entró por la puerta del restaurante y tras despojarse de su mochila y acomodarse un poco, se sentó en una angosta mesa redonda de madera. Había ya sentados una pareja de peregrinos españoles, una chica francesa y a su lado, ella, la madrileña. El peregrino le sonrió cordialmente, sin saber realmente ninguno de los dos que estaban a punto de empezar juntos, el Camino de sus vidas.
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