miércoles, 27 de abril de 2022

13. La confesión

—Prosigue hijo mío y ten fe en el Señor que sabrá exculpar tus pecados —dijo el padre Zacarías. —Como le decía padre, mi amigo me confesó hace algún un tiempo que en su juventud tenía plena confianza y amistad con el párroco de su iglesia, incluso empezó a tener con él reuniones fuera de horario por la tarde noche para, como decía el propio párroco, acercarse más a la obra de Dios. —Dios es misericordioso con aquellos que abren su corazón hacia él —respondió el padre Zacarías—, continua hijo mío. —Mi amigo no le daba importancia a estos encuentros e incluso se dejaba abrazar por la comprensión y el cariño de su párroco, quien le escuchaba y le aconsejaba, pero lo cierto es que, con el tiempo —continuó Rubén con voz temblorosa—, ese cariño se fue transformando en algo mas, no me refiero a un enamoramiento reciproco de ambos, sino mas bien a una unión carnal que mi amigo nunca hubiese imaginado, ni deseado y mucho menos practicado. —¿Eso te lo dijo tu amigo o eso es algo que piensas tú ahora? —preguntó el padre Zacarías. —No padre —contestó con firmeza Rubén—, fueron las palabras literales de mi amigo. Me confesó hace tiempo que necesitaba sacar su rabia contenida hacia afuera para poder liberarse, un dolor que habitaba en lo más profundo de su corazón, pero una vez comprendido y asimilado le había cambiado para bien. —Sin duda alguna —volvió a interrumpir el padre Zacarías—, tras el dolor de cada uno de nosotros, Dios siempre sabe ofrecer un camino para llegar a su encuentro. —No era tan solo dolor padre —dijo Rubén—, ese dolor se convirtió en años de sufrimiento interno, en vergüenza, en rabia e ira y tras un largo periodo de reflexión y transformación consiguió escapar de sus miedos y comprender que para sanarse a si mismo aun le quedaba una última cosa por hacer. —¿Una última cosa por hacer? —preguntó el padre Zacarías. —Ese es el motivo por el que hoy estoy aquí padre, para terminar lo que me falta por hacer —respondió Rubén con voz oscura y siniestra, con ojos profundos y desgarradores que penetraban desafiantes en la mirada del padre Zacarias, que veía como se acercaba Rubén portando ahora una contundente barra de acero en su manos. Aquella noche fue distinta para el padre Zacarías. Acostumbrado como en muchas otras ocasiones a invitar a su casa de campo a almas en pena, a jóvenes y a desorientados del camino de Dios. Esa noche sería el propio padre quien recibiera la misericordia de Dios por los pecados cometidos.

lunes, 25 de abril de 2022

12. La marca

—Aunque pienses que estás en lo cierto, nadie puede asegurarnos que esto sea como dices que va a ser, así que simplemente hazlo y dejémonos de mas palabrería —respondió el joven. —De acuerdo, lo haré tan rápido que apenas sentirás dolor —dijo el anciano. El anciano realizó un brusco giro de muñeca y enseguida empezó a brotar sangre del hombro derecho del joven. —¡Ah, si que me ha dolido! —exclamó con dolor el joven—. ¿Ha funcionado o simplemente me he dejado llevar por las locuras de un loco viejo encapuchado? —preguntó mientras se limpiaba el corte que acababa de recibir.

—Déjame mirar —respondió el anciano descubriéndose el hombro derecho a la vez que se desencapuchaba y mostraba su cara. Los dos se miraban ahora frente a frente atónitos, los dos con cara de estupefacción, los dos con sus hombros descubiertos, los dos con una marca en el mismo hombro derecho, la misma e idéntica marca, una mas fresca y reciente, la otra mas vieja y cerrada.

martes, 19 de abril de 2022

11. La tortilla de patatas

—Tienes que cortar las patatas en trozos más pequeños —dijo Inma a su hija. —Mamá, los estoy cortando tan pequeños como puedo. —No es una cuestión de hacerlos lo más pequeños que puedas hija mía, sino de cortarlos a su tamaño correcto.
—¿Y cual es el tamaño correcto? —preguntó Clarisa. —Esa misma pregunta se la hice una vez a tu abuela quien mientras miraba fijamente a la sartén me respondió: «mi madre siempre cortaba las patatas en trozos pequeños y nunca supe la razón exacta, pero siempre lo hice así porque así me lo enseñaron». —Entonces Mamá, creo que lo mas importante tal vez no sea el tamaño de los trozos de las patatas sino el tamaño de la sartén, de tal forma que los trozos siempre puedan entrar adecuadamente en la sartén y así, todos los trozos se harían por igual y ninguno quedaría menos hecho que otro. —¡Ay hija mía, siempre tienes que estar dándole vueltas a todo! —exclamó Inma —. Venga, termina de cortar esos trozos y tráeme los huevos que están en la nevera.